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ENIGMATICOS CONOCIMIENTOS

Enlace permanente 15 de Octubre, 2007, 12:42

ENIGMATICOS CONOCIMIENTOS

por Patricio Díaz M.

CONOCIMIENTOS DEL CIELO

LOS MAYAS
PIRAMIDES EN AMERICA
EL LEGADO EGIPCIO

Sorprendentemente, la astronomía conocida por las grandes civilizaciones supera con mucho lo que parecería lógico. Esto, unido a las múltiples leyendas y mitos referidos a visitas de dioses que legaron a los hombres sus secretos conocimientos sobre el universo, nos obliga a preguntarnos si el anciano saber astronómico pudo ser traído a la Tierra por OTROS seres.

El hombre del paleolítico era nómada. A fin de orientarse en su constante deambular, tuvo que fijar unos puntos de referencia y lo consiguió mediante la observación del Sol y de las estrellas.

Pronto comprendió que los movimientos de los astros estaban relacionados con asombrosos acontecimientos. La naturaleza se comportaba apacible o violentamente dependiendo de la posición que el Sol tuviera en el horizonte. Los truenos, los relámpagos, las tormentas y todo aquello que le atemorizaba, guardaba relación con la mayor o menor presencia de este astro, por lo que divinizó como dador de la vida. Por otra parte, la constatación de que los ciclos estacionales se repetían hizo que el ser humano comenzase a medir el tiempo. La observación llevó al hombre a percatarse de que el Sol no aparece siempre por el mismo sitio. Sólo hay dos días al año en que sale por el este y se pone por el oeste (en el hemisferio norte): durante los equinoccios de primavera (21 de marzo) y de otoño (21 de Septiembre). En ellos, el número de horas del día es el mismo que el número de horas de la noche, o sea, 12. El resto del año, el Sol naciente se mueve como un péndulo por el horizonte, hacia la izquierda o hacia la derecha del este geográfico.

Este desplazamiento marca un arco en el horizonte cuyos límites son los días del solsticio de verano, el día más largo del año (21 de Junio) y el solsticio de invierno, el día más corto (21 de diciembre).

Estos conocimientos eran marcados por los egipcios con dos obeliscos situados frente al templo, cuya fachada principal se orientaba al este, en una línea imaginaria que pasaba entre los dos monumentos. Desde un punto determinado del templo, el sacerdote-astrónomo podía mirar el horizonte y conocer la llegada de estos días clave, a medida que el Sol naciente se aproximaba a uno u otro obelisco. Pero no era sólo esto lo que los antiguos conocían del cielo...

CONOCIMIENTOS DEL CIELO
Beroso vivió en tiempos de Alejandro Magno y fue sacerdote en el templo babilonio de Bel Marduk. Fue historiador, astrólogo y se dice que inventó, entre otras cosas, el cuadrante solar semicircular. En su libro Historia del Mundo describe un mítico contacto con seres venidos del cielo. Los mesopotámicos atribuían su conocimiento de las ciencias y las artes a un animal con capacidad racional llamado Oannes, el Enki de los sumerios, que salvó a los seres vivos del diluvio, cuando se desbordó el Eúfrates. Oannes surgía del Golfo pérsico durante el día para instruirles y retornaba al agua por la noche.

Las obras de Beroso y otros autores se conservaban en la Biblioteca de Alejandría, creada por Demetrio de Falera, que escribió una obra titulada Acerca de las luces que se ven en el cielo, en la que trataba de los puntos luminosos que se observaban ocasionalmente en el firmamento y que nada tenían que ver con las estrellas. Otras obras, como la iluminación de Bel, escrita por el rey Sargón hace 5.000 años, recogen observaciones astronómicas con cálculos para predecir eclipses solares o lunares. Desgraciadamente, los manuscritos que podrían arrojar luz sobre toda esta sabiduría sirvieron para alimentar durante varios meses el fuego de los baños públicos de El Cairo, en el primer tercio del siglo VII de nuestra era, ya que, se afirmaba, iban en contra de la religión islámica.

A pesar de pérdidas como ésta, parte del conocimiento astronómico de la antigüedad ha llegado hasta nosotros a través de griegos, romanos y árabes, que lo heredaron de los egipcios.

LOS MAYAS
En el continente americano, la astronomía alcanzó sorprendentes niveles de perfección. En Naxatum, la más antigua de las ciudades mayas conocidas, dos templos servían como punto de observación para las puestas de sol durante los solsticios de verano e invierno. En Chichén ltzá, durante el equinoccio de primavera, el juego de luces y sombras que provoca el Sol en la balaustrada de la pirámide principal produce la aparición de la imagen de una serpiente de cascabel con plumas que dudosamente puede ser fruto de la casualidad.

En México, Guatemala y Honduras se desarrolló un intrincado calendario astronómico de una exactitud excepcional. En el Códice de Dresde aparece reflejado cómo los mayas hicieron un registro completo de la aparición de Venus como estrella de la mañana y de la tarde, con su ciclo de 584 días. Los mayas eran conscientes de la proporcionalidad del año de Venus y del llamado año vago terrestre de 365 días. Ocho años vagos corresponden exactamente a cinco años de Venus, representando un ciclo de 2.920 días, tras los cuales Venus retorna al mismo lugar del cielo en la misma época del año.
Además, los astrónomos mayas calcularon la duración del año solar en 365,242 días. Y dieron al mes lunar un valor exacto de 29,5302 días, con un insignificante error de 0,00039.

Sería absurdo pensar que toda esta serie de complejos cálculos tuviera, únicamente, una función agrícola. Basta pensar en los esfuerzos realizados en la ciudad mexicana de Teotihuacán, donde se desvió el curso de un río para adaptar su trazado a un plan establecido según la orientación astronómica ¡de las Pléyades! Este grupo de estrellas experimentaba una salida helíaca (aparición de los astros dentro de la hora anterior al amanecer) el día exacto en que se producía el primero de los dos pasos anuales del Sol por el cenit, un día de enorme importancia para señalar las estaciones ya que entonces el Sol no proyecta sombras cuando está a la altura del mediodía. Dada la importancia de las Pléyades en el saber popular mesoamericano, este grupo estelar parece constituir la clave astronómica según la cual se planificó la orientación de Teotihuacán, Tenayuca, Tepozteco y Tula.

PIRAMIDES EN AMERICA
Los edificios de Chichén ltzá, en Yucatán, muestran un planteamiento similar. La Torre del Caracol es probablemente el más famoso de todos los edificios astronómicos de la América antigua. Se trata de una torre circular con cuatro puertas, cada una de ellas orientada hacia un punto cardinal. Se abren tres ventanucos al oeste, al suroeste y al sur. Dos de estas ventanas marcan perfectamente los extremos septentrional y meridional del trayecto de Venus a lo largo del horizonte. Además, las puestas solares en los días equinocciales se adaptan limpiamente a la banda estrecha de cielo que puede verse desde la alineación interior derecha y exterior izquierda de la primera ventana. Según la leyenda, fue el enigmático dios Quetzalcoatl quien levantó el templo mayor piramidal de Chichén ltzá.

Las construcciones individuales de los asentamientos mexicanos también tienen significado astronómico. Dichos edificios podrían haberse desviado deliberadamente de la simetría para poner énfasis en algún suceso importante (la salida de algún astro, por ejemplo) relacionado con el horizonte. Una de las construcciones menos corrientes desde este punto de vista es el conocido como edificio de Monte Albán, un lugar elevado habitado por los antiguos aspotecas, cerca de la ciudad de Oaxaca. Su planta tiene forma de flecha. Mientras todos los demás edificios tienen sus ejes dirigidos sensiblemente hacia los puntos cardinales, la escalera del edificio está orientada al noreste. Los bajorrelieves de la pared oeste mostraban claramente el símbolo de los palos cruzados. Es el mismo instrumento de observación dibujado en los códices. En el año 275 a.C., fecha en que se construyó, apuntaba hacia la salida de Capella, la sexta estrella más brillante del cielo, que experimentaba una salida helíaca precisamente el mismo día del primer paso anual del Sol por el cenit de Monte Albán, el 9 de mayo de aquella época. Cuando esto sucedía, los sacerdotes descendían al pasadizo del llamado edificio P para hacer sus observaciones solares.

¿De dónde venia este conocimiento astronómico? Tanto en Monte Albán como en la cercana Palenque, y hasta en la lejana Tiahuanaco abundan figuras que representan a seres humanos con aspecto de astronautas, lo que, obviamente, ha provocado que un cierto número de investigadores hayan elaborado la hipótesis de que fueran seres extraterrestres quienes proporcionasen a los constructores de estos edificios las indicaciones para su realización.

De hecho, Francisco Pizarro en Perú y Hernán Cortés en México conocieron dos leyendas asombrosamente semejantes que avalarían dicha teoría. Se referían ambas a un ser barbudo y de tez clara que arribó a estos países en una antigüedad remota para impartir sus enseñanzas. Aquel ser extraordinario era conocido como Quetzalcoatl entre los aztecas y como Kukulcán entre los mayas. Una figura que aparece en el Códice Florentino muestra a Quetzalcoatl en el momento de su partida. Está provisto de un uniforme y de un casco y a corta distancia de él se encuentra lo que parece una nave con forma discoidal, a bordo de la cual, supuestamente, abandonará la Tierra.

La deidad andina más importante fue Viracocha, quien realizó su obra creadora en el lago Titicaca. Según la leyenda, Viracocha habría creado una nueva generación de hombres que fue la conquistadora del valle de Cuzco. Los incas, que conservaron su culto en secreto, no quisieron presentarlo como deidad máxima por ser el dios de los vencidos tiahuanacos y lo reemplazaron por el Sol, llamado Inti en quechua. Pero no fue Viracocha el primer «extranjero» que pisó tierra andina. Hace cinco millones de años, una nave refulgente se posó en la Isla del Sol de Tiahuanaco y de ella descendió Orejona, una mujer de cabeza puntiaguda, cuatro dedos en cada mano y en cada pie y orejas desmesuradamente largas que, según se cree, provenía de Venus. Se apareó con varios hombres para mejorar la raza humana y sus hijos se convertirían en los antecesores de la nobleza local. Esta diosa transmitió sus enseñanzas a los hombres durante varios años hasta que, finalmente, regresó a su planeta de origen. Sus descendientes colgaron pesas de sus lóbulos para alargar las orejas y volverlas tan enormes como las de su ilustre progenitora. Hay que recordar que la puerta del Sol de Tiahuanaco señala a la estre1la Sirio. Los seres grabados poseen alas. Si estos visitantes extraterrestres tenían la cabeza alargada y los lóbulos de las orejas agrandados, no es de extrañar que sus descendientes quisieran imitarlos, lo que explicaría los cráneos humanos deformados hallados en Perú o las cabezas de los moais de la Isla de Pascua.

EL LEGADO EGIPCIO
La teoría extraterrestre cuenta, en el caso de Egipto, con todo género de indicios. Simplicio dijo que los habitantes de este país conservaban observaciones astronómicas de los últimos 600.000 años. Diógenes Laercio databa la antigüedad de los cálculos astronómicos egipcios en unos 48.000 años y Marciano Capella decía que estudiaron las estrellas durante 40.000 años. Pero, por supuesto, los historiadores y egiptólogos oficiales no aceptan esto, como tampoco las cronologías que remontan la lista de sus míticos regentes predinásticos a aquella remota época. La representación más espectacular del firmamento egipcio está en el techo de una capilla del templo de Hathor Se trata del famoso Zodiaco circular de Dendera. El notable egiptólogo y hermetista R.A.Schwaller de Lubicz, demostró que en este zodiaco se encuentran las pruebas de la antigüedad del santuario. Consiste en dos círculos de constelaciones, toscamente superpuestos, centrado uno en el Polo Norte geográfico y otro en el real, el de la eclíptica, hacia el que señalaría el eje de la Tierra si no oscilase. El diámetro del zodiaco de oriente a occidente cruza la constelación de Piscis, evidenciando que se construyó en la era regida por esta constelación, hace más o menos 2.100 años. Pero un par de jeroglíficos, en su borde, insinúan la presencia de otro eje que pasa por el comienzo de la era de Tauro, suceso ocurrido ¡más de cuarenta siglos antes!
Ello indica que los egipcios conocían la precesión de los equinoccios (movimiento de los puntos equinocciales en virtud del cual se anticipan un poco, de año en año, las épocas de los equinoccios) y que la tradición religiosa mantenida en el templo de Dendera data de ¡cuatro mil años antes de lo que hasta ahora se ha aceptado!

Pero la hipótesis de visitas extraterrestres en el pasado que habrían contribuido al conocimiento de la astronomía adquiere un especial relieve cuando nos enfrentamos a la Gran Pirámide. Pasando por alto las numerosas referencias egipcias a sus «dioses instructores», que merecerían un desarrollo aparte, los datos suministrados por las medidas de este monumento despejan cualquier duda en lo que concierne a un conocimiento astronómico y geodésico absolutamente anacrónico para el que los egiptólogos otorgan a los primitivos moradores de las riberas del Nilo. Sencillamente, la tecnología de que disponían era claramente insuficiente para la obtención de tales datos.

Según los egiptólogos, las primeras tumbas faraónicas conocidas son las de la XI dinastía, es decir, que datan de 2.160 a 2.000 años a.C. Están situadas frente a Karnac, en la llanura de El Taraf, al nordeste del Valle de los Reyes y se abren hacia el oeste, es decir, hacia el Sol poniente. En consecuencia, las pirámides orientadas al norte no eran sepulturas, sino templos y, como tales, contenían no sólo la cultura religiosa sino un conocimiento, adquirido de los dioses, que se plasmó en forma de datos que relacionaban el monumento con las medidas geodésicas de nuestro planeta. Han sido muchos los investigadores que han comprobado la precisión de estos datos.

Jomard, que participó en la expedición napoleónica, extrajo de Estrabón y de Diodoro Sículo la información de que el apotema de la Gran Pirámide tenía un estadio de longitud, es decir, 185,5 metros. Los autores clásicos afirmaban que un estadio era la sexcentésima parte de un grado geográfico. Según esto, el apotema de la pirámide multiplicado por 600 nos daría la longitud de un grado en Egipto. Jomard tuvo en cuenta también la afirmación de Agatárquides de que la largura de cada lado de la base era idéntica a la longitud de un minuto (cada una de las sesenta partes iguales en que se divide un grado de círculo) del meridiano terrestre. Con estos datos se comprueba no sólo el asombroso conocimiento geodésico del planeta que tenían los egipcios, sino la premeditada adecuación de las medidas de la pirámide a las del planeta.

Podría decirse que la pirámide contiene las proporciones de un semiglobo, en el que la base del monumento representa el ecuador y la altura la distancia del Polo Norte al centro del globo. Y si los antiguos no mentían al señalar que su altura era la sextecésima parte de un grado de longitud y su base un octavo de minuto, la Gran Pirámide podría ser la representación de una mitad de nuestro planeta. En relación con las medidas geodésicas de este monumento, numerosos investigadores de todos los tiempos han intentado desentrañar y reproducir la hipotética idea original del arquitecto de la Gran Pirámide y de la unidad de medida empleada.

Pero hagamos el proceso contrario. Supongamos que queremos construir el monumento más grande de la Tierra, que disponemos de toda la tecnología precisa para tal fin y que queremos incorporar las medidas del planeta a esa pirámide. Partimos de la premisa constatada de que la Tierra no es una esfera perfecta. La figura geométrica que mejor define la superficie de nuestro planeta es un elipsoide de revolución, es decir, un cuerpo engendrado por una elipse, cuyos ejes son los radios polar y ecuatorial, y que gira sobre el radio polar. Actualmente, la geodesia física hace un estudio de la Tierra considerándola un geoide, definiendo su superficie como la de los océanos en calma y los continentes sin tener en cuenta su relieve, es decir, como si toda la tierra estuviese al mismo nivel del mar. Si superponemos las figuras elipsoide y geoide de la tierra (como si superpusiésemos, por ejemplo, un melón y una sandía), ambas coincidirán en determinadas líneas, que consideraremos «zonas de cota cero».
Queremos, pues, construir una pirámide que cumpla dos condiciones. La primera es que esté situada en el meridiano terrestre donde interseccionen el elipsoide y el geoide antes mencionados (ver figura). Para ello, nos basaremos en un mapa que representa estas dos superficies y sus discrepancias, publicado en el libro Geodesia Física de Weikko A. Heiskanen, donde figuran los antes mencionados puntos de intersección líneas de cota cero. En él podemos ver que los únicos lugares del planeta donde se cumple esta primera condición son una franja de terreno que recorre el Nilo y otra que, subiendo por la cuenca del Amazonas, llega a la península del Yucatán y a México, siendo exclusivamente la zona de Egipto donde la línea que tiene cota cero en todos sus puntos coincide con el meridiano del lugar.

La segunda condición es que el lugar preciso del emplazamiento de dicha pirámide esté ubicado en aquel paralelo cuyos puntos estén situados en su totalidad a la misma distancia del Polo Norte y del centro de la Tierra. Asombrosamente, cada punto de la Tierra tiene un radio diferente, debido al achatamiento de los polos. El radio polar -según el anuario del Observatorio Astronómico, que publica las medidas dadas por el Servicio Internacional de la Rotación Terrestre (IERS)- es de 6.356,751 Km, siendo el radio ecuatorial de 6.378,136 km. El radio terrestre en la meseta de Giza es de 6.372,829 km.

Estamos seguros de que estos datos, aunque difícilmente comprensibles para los neófitos en geometría y en astronomía, revolucionarán la historia de la piramidología, al relacionar el metro sagrado egipcio, empleado en todas las medidas interiores y exteriores del monumento, con datos geodésicos intrínsecos a la ubicación de la Gran Pirámide en nuestro planeta. Este monumento señala un punto exacto de la superficie terrestre, el mismo punto desde donde se sospecha que alguien situado a unos 10.000 metros de altura pudo tomar una imagen, por métodos desconocidos, del globo terrestre. Aquellas remotas observaciones se plasmaron en antiguos mapas como el de Piri Reis, distorsionado con asombrosa exactitud debido a la falta de concavidad de la fotografía original.

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